martes 24 de noviembre de 2009

Casandra (El trompetista III)

Casandra tenía una pelea interna con el peso mitológico de su nombre, no podía dejar de notar la cara que ponía la gente al pronunciarlo. Agradecía ser hija única para no haber sido la mensajera de la destrucción. Claro que nada de esto aparecía en el imaginario de las personas que la conocían, su rostro en realidad era de serenidad porque eso es lo que trasmitían sus ojos, serenidad, quietud y paz.
Su trompetista solo había reparado en su nombre para hacerlo música, esto había sido el cumplido más grande que ella recibiese al respecto, ni original, ni bello, ni sorpresa, inmediatamente lo tarareo, lo hizo música aquella primera noche en que se conocieron luego de su recital de jazz.
Hoy iba a encontrarse con él, miro que todo estuviese perfecto como a él le gusta, uñas, ropa, zapatos, su cabello recogido, todo al mínimo detalle de los caprichos de su músico. Sin embargo, era la primera vez que él rompía con la rutina de los encuentros en su departamento, esto la tenía a inquieta, nerviosa, no entendía el cambio y no le gustaba.
La cito en un café tradicional de Avenida de Mayo, El Tortoni, se sentaron en las mesas de la vereda, era tarde pero el calor de Buenos Aires ya se sentía impiadoso. Él pidió una picada, la clásica, con vermouth para él con cerveza para ella.
-El vermouth es cosa de viejos, le dijo ella envuelta en esa risa de niña que sacaba a veces cuando cometía una picardía. Él la miro serio, atento, casi enojado, y cuando noto que Casandra bajaba la vista arrepentida de sus palabras, levanto su rostro apoyando su mano en su mentón y espero el encuentro de las miradas con una sonrisa franca y divertida.
-Lo pido porque no puedo resistirme a la tentación del sifón, viste que maravilla, siguen haciéndolos solo para ellos. Y allí el mozo con el pedido deposito en la mesa el pequeño artilugio, un recipiente de no más de un cuarto de líquido con su cabeza cromada, cuerpo de vidrio de color y Café Tortoni en letras de fileteado blanco.
El rostro de Casandra se ilumino con el truco de magia que había facilitado el camarero y aquella pieza de colección se transformo en el centro de la charla.
-Te pedí de encontrarnos acá porque tenía muchas ganas de hacer algo diferente.
-Casandra lo miro embelesada, sabía que estaba enamorándose de aquel hombre oscuro que la arrojaba al vacio más aterrador, el de sus propios miedos, al de un placer sin límites, sin puntos de partida ni de llegada, caída libre, vértigo y deseos de más.
Estaba perdida en sus ensoñaciones, en esa otra expresión del amor donde el sexo no forma parte, cuando él sin piedad la volvió a la tierra yerma y reseca para ensuciar sus bellos zapatos, -crees que va a gustarte, repitió.
Casandra no tenía ni idea de lo que le había estado diciendo, solo palabras sueltas se aparecían bailando frente a sus ojos, Gigí, ¿quién es Gigí? ¿Leslie Caron? ¿Gustarme qué? ¿Vamos al cine?
Él noto enseguida que Casandra estaba en otro mundo mientras él le explicaba lo que deseaba, no era la primera vez que sucedía. Él estaba convencido que esa falta de atención en otra mujer hubiese sido motivo de enojo, pero con ella no podía, ya había notado que parte su encanto era su capacidad de soñar otras realidades, de despegarse del efímero presente para construirlo nuevamente a su entero antojo.
-No, dijo con tono dulce, casi ese que pone un padre amoroso cuando le explica algo a su hijita.
-Gigí es una muy buena amiga mía y quiero que la conozcas.
Ese tono complaciente puso en guardia Casandra, solo lo usaba para inducirla a dar un nuevo paso a ese vacío que tanto la atraía. Titubeo, retorció las manos como cuando no sabía que decir, bajo la cabeza y asintió sin pronunciar palabra. Sus ensoñaciones volaron a un mar lejano y sabia que allí se hundirían presas bajo el peso de sus miedos.
-¡Muy bien! exclamo el trompetista, esa es mi chica, llamo al mozo, pago y la tomo de la mano sin ya prestarle mucha atención, tan solo la arrastro unas cuadras hasta la puerta de un edificio Art Deco, uno de los tantos que viste la avenida, toco el timbre del 4º B y apoyando a Casandra contra la puerta la beso hasta que sonó la chicharra que permitía ingresar al edificio.
El trompetista no podía ocultar la excitación que lo embarcaba y Casandra no estaba segura que era lo que se la producía. Quería pensar que era ella, pero no podía soportar descubrir lo contrario.
Allí estaba Gigí, que nada tenía de la exquisitez y finura del personaje de la película, pavoneándose y tocándolo a él, su trompetista, e ignorándola completamente a ella, como si no estuviese en el mismo sitio que ella.
-Está todo dispuesto y tal como lo pediste, le dijo Gigí al músico mientras lo rodeaba con sus brazos por el cuello y lo besaba.
Casandra a punto de explotar de ira sintió el contacto de la mano de él, que la atraía hacia su cuerpo sin soltarse de los brazos de aquella mujer pulpo. La tomo de la mano y con la otra hizo lo mismo con Gigí que ahora si había cambiado su actitud avasallante por una más obediente y silenciosa.
Las dirigió a ambas hacia la habitación, la cama estaba abierta, solo la sabana de abajo, las luces atenuadas con pañuelos de gasas e incrementadas en algunos rincones con velas. Un sillón frente a la cama, más bien hacia un costado, el más oscuro de todo el cuarto y sobre él unas sogas, una mordaza y un collar.
Dejo a Gigí a medio camino entre la cama y el sillón en cuestión y siguió hasta él con Casandra. La beso con mucha ternura, le recorrió el cuerpo con sus manos, bajo por sus muslos y subió arrastrando la tela de su vestido, bajo otra vez con su ropa interior engarzada en sus dedos. Casandra colaboro levantando los pies para que termine de quitársela. La tomo de la cintura y subió con sus manos hasta el escote, lo desabotonó, libero su torso de la tela que lo cubría, acaricio sus hombros y beso sus pechos.
Chasqueó sus dedos como si hubiese un perro en el cuarto pero sin ruido sin protestas sin nada estaba parada junto a ellos Gigí, la Gigí que la embriaguez de Casandra por las manos de su trompetista ya había olvidado. Él, sin embargo, alargo la mano y ella le entrego el collar. Se lo puso a Casandra, la condujo tomándola de los hombros hasta el sillón le ordeno que se levantara la falda del vestido y se sentara. Casandra obedeció sin dejar de relojear a la que ya había declarado era su enemiga. Sin mediar palabras Gigí le entrego al músico la soga primero con la que ato a Casandra al sillón, inmovilizando las manos y las piernas, la mordaza y la cadena que engancho en el collar. La beso en la frente amorosamente y le dijo al oído -solo quiero que mires.
Dicho esto, tomo del brazo a Gigí la acerco a él y la beso, la rodeo con sus fuertes brazos y se alejaron del sillón poniendo rumbo a la cama.
Casandra vio como ese odioso pavo real devenido en pulpo acariciaba, besaba y desvestía a su hombre, a su amor, sentía la furia que la embargaba, que le calentaba la sangre, hacia que le latiesen las sienes, el grito sordo que se ahogaba en su garganta por culpa de la mordaza.
Se retorcía intentando revelarse contra las ligaduras que la tenían prisionera de ese horrible sillón en esa inmunda habitación.
En tanto frente a sus ojos se desarrollaba otra lucha, la de los cuerpos que se buscan hambrientos, las manos que se perdían en abrazos, en caricias, en juegos. Él que la tomaba del cabello y la arrojaba a la cama, Casandra veía con los ojos empañados por las lagrimas y la vista nublada por la ira como el poseía el cuerpo de otra, como le dedicaba sus manos a esa otra piel. Seguía casi con devoción cada caricia que él le daba a Gigí, al dibujo del contorno de ese cuerpo que no dejaba de gemir de placer, de esas piernas que lo envolvían y lo atraían hacia ese otro sexo.
Sentía, Casandra, como se agotaba de forcejear inútilmente, tenía la boca seca de tanto grito sordo, pero seguía llorando, en silencio. Abandono su cuerpo al sillón, dejo que su cabeza busque el apoyo del respaldo y cerró los ojos. ¿Qué hacía allí? Era la pregunta que la atormentaba cada vez que estaba con su trompetista, porque volvía y así se fue perdiendo en la oscuridad húmeda de sus ojos, en la cadencia de los gemidos y las ordenes que provenían de la cama, que ahora estaba como a un océano de distancia.
El músico se percato de su silencio y no le gusto. No era eso lo que esperaba, lo excitaba la lucha de ella con sus ligaduras, saberla enojada, casi iracunda, saber que era él quien tenía el poder de consolarla.
-¿Te gusta muñequita? Dijo mirando al sillón pero no hubo respuesta, el cuerpo de Casandra no reacciono a la voz de su Amo.
-Señorita, le estoy preguntando a usted si está disfrutando de las vistas?, uso ese tono agreste entre caribeño y porteño que tenía para increparla a que retorne a la habitación. Sabía que Casandra bien podría haber construido un mundo imaginario y estar allí recluida hasta que él la rescatase.
Se tomo su tiempo con Gigí haciéndola gemir, susurrándole obscenidades, lamiéndole la piel, escuchándola acabar a su antojo. Cuando se aburrió de aquel cuerpo prendió un cigarrillo y le pidió algo fresco de beber a su anfitriona mientras clavaba la vista en Casandra, allí tan quieta, la oscuridad donde estaba sumergida le impedía ver hasta el tenue movimiento de su cuerpo al respirar. Estaba desesperado por ir allí junto a ella, tomarla con delicadeza, besarla y decirle que todo estaba bien, que no iba a repetirse aquello. En cambio se quedo allí con el cigarrillo en una mano y el vaso en la otra, y ella seguía allí, inerte. Ahogo el cigarrillo en el liquido que quedaba y se acerco a Casandra, se sentía el príncipe Valiente que despierta a la Bella durmiente de su letargo de hechizo, pero se encontró con una Casandra con la cara mojada de tantas lágrimas, que seguía llorando en silencio, una catarata de lágrimas rodaba por sus mejillas, el desconsuelo se dibujaba en su cara, el miedo en lo contraído de su cuerpo.
El trompetista comprendió que no se había ido a ninguno de sus mundos, que allí se había quedado con él, a su manera, rendida a un dolor diferente del que le producía con su mano, un dolor más hondo, lleno de angustia y desesperación, un dolor sin tiempo. No había medido las consecuencias pero allí estaban, allí estaba el objeto de sus deseos necesitada de él, de su príncipe para consolarla.
Alargo su mano y rozo apenas la mejilla de Casandra, tan húmeda, la otra mano casi instintivamente la coloco entre sus piernas, por un instante se dijo no es el momento, pero lo que allí encontró no lo hizo dudar, Casandra estaba sentada en el lago de su gozo, de la manifestación misma del clímax de su placer, entonces esta vez sí comprendió el trompetista que las lágrimas de Casandra no eran por él y esa otra piel sino la culpa de haber gozado con aquello con lo que se había negado, con lo que le parecía imposible que pudiese suceder y sin embargo allí estaba en aquel edificio Art Deco con su bello trompetista, atada a un sillón en lo más oscuro y profundo de su propio ser, de lo más cerrado y negado a sí misma, su placer.

domingo 1 de noviembre de 2009

Nuestros pecados

Lujuria
Lujuria es la que siente mi piel por la tuya, tu boca por la mía; el tiempo por la cercanía de nuestro encuentro; el espacio, por la proximidad de nuestros cuerpos; el aire, por saber que lo agitaremos en nuestra respiración.
Lujuria es la que siente mi cabello por tus manos; la cama por ser el lugar de nuestros escarceos; el deseo, por la agonía al que lo sometemos.
Lujuria es la que siente mi sexo por el tuyo, el tuyo por el mío, entonces somos la lujuria del mundo y el mundo es nuestra lujuria, sin barreras, sin límites, sin pasado y sin futuro, solo vos y yo.

Gula
Tu boca siempre está ansiosa por la mía, siempre quiere más, hambrienta, viciosa, insaciable. Te esquivo, te mezquino, solo para hacerte enojar, te la entrego dócil, la abro y vos la usas y es mi boca que dejo de ser mía para ser tuya. Y la avasallas con tu lengua, con tus dedos, con tu sexo, la silencias o la haces explotar en gemidos sordos, en palabras que debe repetir, en gracias y en por favores, en risas y en quejidos, en no prohibidos pero que se escapan y que tu gula de ella, acalla.

Avaricia
¿Cómo? preguntas con cada no que se dibuja en mi cara, se escapa de mi boca o que mi cuerpo plasma con su postura. Me retuerzo, suplico pero no te importa, tus deseos son avaros con los míos, -no me importa si no te gusta, respondes.
-Si te gusta mejor, y el segundo que te lleva decir la sentencia es el tiempo que me das para que comience a ejecutar tu orden o atenerme a las consecuencias.
Veo en tu mirada el placer de mi debate interno, en mi rendición al egoísmo de tu dominio, de tus deseos y la avaricia de mi sumisión al placer de tu mirada sobre mi cuerpo.

Pereza
En la base de mi cuello, justo donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, se forma un pequeño triángulo. Es un punto de partida, un punto hipnótico desde donde comienza el recorrido de tu mano. Tú mano que toma mi cuello y baja lentamente y tu dedo se cae en ese rincón y tu yema lo acaricia, lo recorre lento. Baja por mi piel, me recorre pero ese dedo, acaricia el surco entre mis pechos, y yo lo sigo con la mirada, y tu mano baja y juguetea y tu boca me besa.
Allí estoy a tu merced hasta que me arrancas un ronroneo y me decís que soy tu gatita y tu mano repite el ritual y toma mi cuello y tu dedo cae en el rincón, ese que se hace donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, y sigo con mis ojos como se desplaza hacia abajo, como siempre queda el mismo dedo entre mis pechos y tu mano baja y baja y juguetea y me da pereza moverme, solo mirar, desear, esperar ese momento en que tu mano va a volver a mi cuello y tu dedo recorrerá ese camino que conoce en profundidad y vos me haces ronronear y me repetís una vez más lo divinas que son mis tetas.

Ira
Saña es siempre la palabra que elegís para enardecer los momentos previos a nuestros encuentros. ¿Por qué con saña? Te interrogo asustada, siempre creyente de que la ira se apodere de vos.
Porque si, es tu respuesta simple y contundente.
Y mi miedo que se evapora en la dulzura de tus caricias y la saña queda en un eco apagado de palabras que ahuyentas con el contacto de nuestros cuerpos en ese abrazo eterno en el que me sumergís en la protección de tus brazos, en el calor de tu piel, en el arrullo de tu voz.

Envidia
Veo el brillo en tus ojos, tu sonrisa satisfecha con cada si que articulo, solo son frágiles murmullos que salen de mi boca, consiento el pedido, hago tu placer, pero esa rebeldía que hay en mí te cuestiona, no te importa, siento la desazón de mi propio placer truncado. Tu respuesta a mi reclamos -aprenderás a disfrutar de lo que se te da, cuando se te da y como se te da.

Soberbia
Qué creas que soy tuya, qué yo crea que no lo soy.

sábado 24 de octubre de 2009

Dar un toque a...

Pensé que a medida se fuese acercando la hora iba a ir poniéndome más y más nerviosa. No me di cuenta hasta que estaba en viaje de regreso a mi casa que los nervios no me habían hecho compañía en la casi hora y media que compartimos de charla ni en el viaje de ida que me acercaba a conocerlo a él en persona.
Allí me esperaba en la mesa contra la ventana en el bar de la esquina, no hizo falta una flor roja o libro alguno, aún sin entrar él sabía que era yo y lo mismo me sucedió a mí. Lo vi sonreírme y sé que devolví la sonrisa con una mueca de mi boca.
Entre, nos saludamos con un beso en la mejilla y él coloco su mano en mi espalda, la caricia que hizo sobre el paño de mi abrigo, ese gesto de bienvenida familiar que asemeja el reencuentro con un viejo amigo más que con un desconocido.
Él ya tenía dispuesto el pedido y en la mesa había una botella de vino tinto, dos copas y algo para comer, afuera hacía frío y yo había llegado con el viento en mis espaldas. Me quite el abrigo y él espero a que lo acomodase en la silla y a que me siente para poder hacerlo él.
Había elegido dejarme a mí de espaldas a la puerta y al movimiento de otros comensales en el bar, tomando él el lugar de control visual. Hablamos de muchas cosas y de ninguna en particular, de la bici colorada de una chica que por allí paso, de historias viejas, de mudanzas y hojas de otoño.
La velada transcurrió sin sobresaltos, calmada, con muchas risas, sorprendiéndonos mutuamente, acortando distancias entre ambos. La tiranía del tiempo hizo su entrada en escena marcando la hora en que el encuentro llegaba a su fin.
Caballerosamente me ayudo con mi abrigo, salimos al frío de la calle y como si fuese una niña me tomo del brazo, por el codo, sentí su mano toda asiendo mi antebrazo con firmeza, los cuerpos quedaron en esa fricción de telas que se genera en un espacio muy pequeño y se carga de una energía peculiar. Llegamos donde yo iba a tomar el transporte hasta mi hogar y allí aguardamos. Él acortando el espacio a lo alto, bajo el cordón de la vereda, me miro a los ojos, su mano derecha estaba en el lóbulo de mi oreja y me beso sin soltarlo. Nos separamos, volvió a mirarme, paso su mano por mi nuca, tomó mi cabello sin tirar sin hacer fuerza; nada, solo me tomo de él, me dijo que creía que íbamos a llevarnos muy bien, me volvió a besar, sentí su dedos a la altura de cintura. Me di cuenta que había permanecido con mis brazos inertes al costado de mi cuerpo sin hacer mucho solo devolviendo el beso.
Llego mi colectivo, nos despedimos una vez más, ocupe un asiento, puse música en mi mp4 y viaje en su compañía con la cabeza llena de pensamientos encontrados sobre no solo lo que había sucedido en el encuentro sino en cómo se había dado las cosas desde aquel primer toque virtual hasta las charlas accidentadas por el chat del Facebook, situación a la que me resistía en un primer momento.
Me impresiono darme cuenta que muchas cosas habían perdido su consistencia, su espesor, su razón, que no comprendía o no podía recordar cuanto llevábamos en ese juego previo ni podía decir con certeza que era lo que había roto otra barrera y me había conducido a ese primer encuentro, durante el cual quedo establecido que habría al menos otro y que ese no iba a ser una charla de bar sino que su fin era el sexo.
Era una nueva instancia, una nueva prueba para ambos pero solo podía pensar en mí y en lo que significaba para mí. Los días pasaron con la cadencia del cambio de las estaciones, llego el martes y con él nuevamente la comunicación por chat.
Un vacio extraño y conocido se apodera de la boca de mi estomago al ver que está conectado, la charla comienza con los clásicos como estas o si llegue bien a mi casa, todo según las pautas para que el dialogo comience a fluir, respuesta ya inserta por inercia en la yema de los dedos en su caricia al teclado de la computadora.
Conversación ligera que va espesándose y culmina en la confirmación de la cita del jueves. El jueves renueva el contacto virtual hasta la caída del sol. Me veo saliendo de la oficina, apurando el paso, deslizándome hacia un vacio que no reconozco pero que me llama, mi dedo en el timbre, el chirrido que indica que puedo abrir la puerta, los nervios que hoy si están conmigo, la puerta del departamento que se abre para recibirme, su boca que se lanza a la mía, sus manos que se apropian nuevamente de mi cabello, con la misma delicadeza de la semana anterior, la repentina separación de los cuerpos, la orden clara y concisa: -sácate la ropa.
La inspección de mis curvas con sus dedos, nuevamente su mano asiendo mi cabello, con fuerza ahora, sintiendo como me obliga a arrodillarme, como llena mi boca, como sin soltarme y sin hablar, marca el ritmo que desea, como apenas adelanta su cuerpo para dejarme sin aire. Las ordenes no precisan de palabras, como marioneta me maneja de los hilos que conforma mi pelo, me levanta, me besa nuevamente, me acaricia, besa mis hombros, me pone frente a él, se acuesta y me va llevando, me acomodo encima de su cuerpo, baja mi cabeza hasta él y me besa otra vez con una intensidad que comienza a ser familiar, deseable.
Me penetra con una mezcla de lujuria, enojo y poder al que me resultaba imposible resistirme. No pude elegir ninguna de las instancias que acontecieron en esa cama, absolutamente todo transcurrió como él eligió, como él lo dispuso, yo sencillamente obedecí, no solo con mis actos sino con cada uno de los orgasmos que él arranco de mí. Elegí volver jueves tras jueves, a someterme a sus deseos, que con el transcurso de las semanas son más y cada vez más desafiantes para mí.
Y con cada pedido no puedo dejar de pensar: -qué hubiese pasado si nunca hubiese devuelto ese toque a…

domingo 4 de octubre de 2009

Hechizo

Se sintió ese ruido tan particular que hace el corcho cuando sale del cuello de la botella. La destreza de tus manos para la operación, precisas e intuitivas, conocedoras y prácticas.
El vino en las copas; de fondo Little Wing en las cuerdas de Jimi Hendrix; las luces tenues pero suficientes para no perdernos de vista; sin confusiones; sin adivinanzas, puro disfrute.
Invitación maliciosa y placentera, piel y perfume. Las bocas ocupadas la una en la otra; tu calor unido al mío; los cuerpos juntos; las respiraciones mezcladas pero igualmente alteradas por la proximidad.
Tus manos inquietas y ansiosas, cómo explorador en territorio nuevo pero conocedor de la naturaleza, intrépido en tus recorridos; curioso y demandante, al tiempo que generas en mi cuerpo un placer sin fin.
Implacable en tus arrebatos, pasional y animal, dulce y perfecto. Así transcurren las horas, la música que va variando, con un ritmo acorde al momento que parece, casi calculado.
Ceremonia compartida por cientos a lo largo del universo, respiraciones entrecortadas en otras camas, corazones palpitantes en el piso de arriba, jadeos y susurros que oyen miles de oídos, cuerpos envueltos en placer absoluto, vivido con igual intensidad a lo largo de la historia del hombre mismo.
Así en ese arrebato de cientos de pieles sudorosas y hambrientas del cuerpo del otro, con la memoria inscripta en nuestras pieles de deseos de otras vidas, los satisfechos y los insatisfechos, de esa forma nos lanzamos a reconocernos, a conocernos una y otra vez, cuidando instintivamente la magia de la sorpresa, del estremecimiento por el simple contacto de las pieles.
Mis manos te recorrían sin cansarse de conocerte, de sentir el placer del calor, tu perfume, tus gemidos en mi oído, el calor de tu aliento en mi mejilla, tus dedos resbalando en la humedad de mi sexo. Tu sexo duro contra mi pelvis, desafiando al tiempo, a la resistencia natural de tu propio ser.
Yo lista para recibirte, casi en agonía, en la dulce agonía de saber lo que me aguarda y saber que cada vez es diferente, es más intenso, más fuerte, que mi entrega es más pura, que cada vez soy más tuya, casi que en esos momentos somos uno solo sin dejar de ser cada uno. Nos envuelve el vapor que hemos generado, te siento dentro de mí, tu ímpetu, tus ganas, veo a través de tus ojos, escucho con tus oídos, mi piel es la tuya, tus ganas y tus ansias son las mías y de pronto veo que tus ojos son los míos al igual que tus oídos, tu piel, tus ganas y tus ansias.
Con los espíritus mezclados, con el tiempo detenido, con el espacio lleno de vacío y el vacio lleno de nosotros, dejamos que las respiración vuelva a ritmo, que cada uno aspire su aire, que el corazón deje de galopar en nuestros pechos para volver al paso conocido, siento tu cansancio imbuido en el mío, tu cabeza en mi pecho, mis brazos acunándote, el arrullo de tus besos en mis pechos, la caricia suave de tu rostro en mi piel.
Y con las notas de Love for sale saliendo de la trompeta de Cole Porter nos vamos dejando arrastrar por el sueño, ese que deja una sonrisa en nuestros labios, que repara ese cansancio extraño que produce el placer, con las pieles aún afiebradas, mi cabello revuelto en la almohada y los cuerpos destinados a otros encuentros en tanto perdure el hechizo que los unió.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Un día inolvidable

Imaginaba cada detalle, cada movimiento de sus manos, escucha las palabras que diría, el tomo que usaría. Eligió con sumo cuidado lo que vestiría, uso toda la mañana de sábado para asegurase que atuendo resaltaría sus pechos, que afinaría sus caderas, que zapatos la dejarían más cerca de su boca.
Eligió el tono de su esmalte, se depilo con precisión quirúrgica, tomo el baño perfecto, cubrió su piel de crema, dejo que su tenue perfume la embriagase, seco el cabello con cuidado, armo sus bucles y mientras se secaban pinto sus uñas: manos y pies. Completo todos los pasos necesarios incluido el maquillaje así como la selección de los objetos más necesarios para que quepan en su pequeño bolso de mano.
Se paro frente al espejo, se estudio con detenimiento, escudriño con ojo de halcón y no hallo ni una pelusa, pestaña o brizna de polvo que opaque la imagen que le devolvía el espejo.

No muy lejos de allí se desarrollaba la misma escena, él se miraba la afeitada de publicidad, la camisa celeste que hacía que sus ojos resalten aún más, el toque de perfume algo picante y masculino que usaba para esas ocasiones.
Chequeo que sus uñas estén limpias como siempre, que su calzado no muestre huellas indeseables, controlo que no falte ningún botón, billetera, pañuelo, llaves, celular en vibrador y por último tomo un sweater al tono para abrigarse.
Paso una vez más frente al espejo. Se miro directamente a los ojos; y con la seguridad que lo caracteriza exclamo: - ¡qué puede salir está noche!
Abrió la puerta de su departamento y se lanzo a la aventura. No muy lejos de él, Laura también salía del suyo, ambos con el mismo pensamiento y el mismo deseo puestos en pasar una noche inolvidable.
Se encontraron a la hora de la cita sin demoras de ninguno de los dos. Las reservas en el restaurant estaban hechas a nombre de Miguel. El lugar era muy agradable, en el barrio de moda y con carta de autor como indicaba también el protocolo. La carta de vinos no era lo esperado por él pero no iba a permitir que nada arruine esa noche. Había elogiado el bonito vestido que ella llevaba y saboreado el aroma de su piel cuando se saludaron. Ella se había percatado de lo arreglado de él. Ambos estaban satisfechos y todo seguía la perfección soñada.

La cena transcurrió entre risas y chispas de elocuencia de ambas partes. Ninguno de los dos quiso postre y Miguel creyó que invitarla a caminar por esas calles era buena idea y así lo considero también Laura a pesar de sus tacos. Caminaron acompañados de las últimas brisas del invierno, ella lo tomo del brazo y a él le gusto aquello. Pronto, demasiado pronto se acabo el alumbrado público, caminar era más bien una proeza, en especial para Laura. Miguel se preocupó estaban fuera del límite pero no quería parecer un cobarde o alarmista. Laura pensó en que llevaba en su cartera la tarjeta de crédito y los documentos y en lo complicado que sería tramitar todo otra vez. Con calma contenida ambos casi al unísono giraron en la esquina siguiente buscando la luz. Solo unas pocas cuadras y estaban nuevamente en la burbuja de los bares y restaurantes.

Con una sonrisa arrebatadora Miguel sugirió tomar un café, Laura asintió y levanto la cabeza para elegir bar pero él le gano de mano y detuvo un taxi, mientras le comunicaba lo rico que le salía a él ya que el secreto, le decía a Laura mientras le indicaba al chofer la dirección de su departamento, está en ponerle una cucharada de cacao amargo. Laura estaba no tanto nerviosa como alborotada, esperaba que las cosas se diesen exactamente como estaban sucediendo y se alegro por su suerte. Miguel le tomo las manos y la miro con esa cara de cachorros que solo los hombres consiguen poner.

Ya estaban en la puerta del edificio, bajaron del vehículo, ambos conteniendo esa tensión sexual que ambos venían experimentando, él contando hasta cien para sus adentros para no arrancarle la ropa, ella pensando en si había cerrado el gas para no arrojarse en sus brazos. Entraron a la estancia, él se apresuro en ir a la cocina y le dijo que se acomodase. Laura ofreció ayuda pero Miguel le dijo que no era necesario. Ella aprovecho para mirar a su alrededor. Se encontró en un sitio cómodo y confortable que hablaba mucho de su dueño, ordenado y limpio, y volvió a alegrarse de lo bien que iba todo. En la cocina, por su parte, Miguel preparaba el café con una sonrisa infantil que ocupaba todo su rostro.

Llego muy pronto con los dos cafés, le ofreció uno a Laura y se sentaron en el sillón, ella lo miro y le dijo lo bien que olía la bebida. Esa fue la señal que desato a la bestia, tomo el pocillo de Laura nuevamente, lo dejo torpemente en la mesa que estaba frente al sillón y al volverse se encontró con que Laura lo beso de sorpresa. Lo había adivinado y se adelanto. Se besaron como los adolescentes en el sillón explorando el cuerpo del otro con manos inquietas y torpes al mismo tiempo. Miguel le quieto el vestido a Laura y ella desabrocho la camisa de él, volvieron a los besos. Él intentaba desabrochar el soutien de ella pero esté parecía dispuesto a pelear la posesión de los pechos de su dueña, sin ceder a la voluntad de sus dedos.

Laura sonriente desabrocho ella misma la prenda dejando que él se la quite. Miguel se puso de pie y tomándola de la mano la condujo a la habitación. Allí comenzaron donde habían dejado, en esos besos frenéticos y manos traviesas. Ella desabrocho el pantalón, él se quito la camisa y los zapatos, las medias, ella lo aguardaba ansiosa, lamiendo sus labios. La tensión había aumentado y ambos estaban listos, él ya encima de ella iba a penetrarla cuando Laura le preguntó si tenía el profiláctico a mano. Como baldazo de agua fría, Miguel se dio cuenta que nunca lo había sacado, se dio cuenta casi con desesperación que no había comprado. Se expendió hasta llegar al cajón de la mesa de noche donde siempre guardaba, y nada, no había ni uno.

Laura vio su cara y le dijo que no se aflija, fue por su cartera y busco en ella, nada tampoco. ¡Cómo era posible si ella los había separado para llevarlos! Siempre tenía en su cartera. ¡Por qué había elegido ese bolso tan pequeño en el que no entraba nada! -Podemos comprar dijo con risa nervosa, ¿algún Kiosco por acá, estación de servicio, farmacia de turno, un Farmacity, no hay un Farmacity por acá?
Él la miro con la frustración de una noche que se le esfumaba, había estado en la farmacia en la mañana. De pronto, salió como si recordase que la casa estaba en llamas, fue hasta el baño, revolvió y reclinado sobre el marco de la puerta extendió frente a los ojos de Laura la caja de la cual como guirnalda muy corta, corrieron los tres profilácticos. Ella como si hubiese visto el truco de magia más asombroso del mundo festejo con pequeños aplausos aquella milagrosa aparición.

El león retomo el poder de su cubil y tuvieron ese sexo apurado, intenso, que deja esa promesa de más. Se relajaron, él ahora podía disfrutar de su piel, de la curva de sus hombros, de su cabello desplegado en las almohadas. Laura busco acomodarse contra él pero el grito de dolor le ganó. Un mechón había quedado bajo el brazo de él y al levantarse el tirón fue fuerte, Miguel se disculpaba y ella le decía que estaba todo bien. Volvieron a acomodar los cuerpos, extremando los cuidados tanto que Laura termino pegándole un codazo a Miguel en las costillas. Las disculpas ahora estaban en boca de ella.

Mientras que intentaban acomodarse sin incidentes, ambos se prometían el mejor sexo del mundo, se acurrucaron y se arrullaron, Laura intentaba estar lo más quieta que podía para no romper el hechizo. Pronto se dio cuenta que la respiración de Miguel era calmada, profunda y con un pequeño silbido. ¡Estaba dormido!
Laura no podía creerlo, las promesas de sexo salvaje y desenfrenado que habían mantenido el calor en esa cama hasta hacia unos momentos atrás se escapaban con cada exhalación que salía de la boca de Miguel. Ahí atrapada entre los brazos de ese hombre Laura se preguntaba si aquello había valido la pena, ¡se había dormido! Como buena mujer que era paso de pensar que ella no le gustaba a que él se había aburrido con ella y un sinfín de instancias más que eran insostenibles e inconsistentes.

Encismada como estaba en lamentar aquel día, con los primeros atisbos de sol que entraba por las persianas, despierta y desvelada como estaba se encontró con los besos de Miguel que caían como cascada por su espalda, con sus manos que la recorrían con seguridad, la ausencia del silbido en la respiración, el ritmo entrecortado, la precisión de las maniobras, las amenazas sexuales que empezaba a oír de boca de Miguel, su propia risa al ver como la cabeza de él emergía del medio de sus piernas. Sin dejar de reír y esperando que él la mira para cerciorarse que iba por buen camino le dijo: - un día inolvidable, no?
Y miguel le respondió: - No, perfecto

domingo 13 de septiembre de 2009

Me gusta cuando tus dedos se detienen en mi sexo,
cuando lo recorres con tus yemas, despacio,
tan despacio que por momentos ella parece no moverse.
Me gusta cuando nada te apresura,
cuando nada altera el ritmo que elegís.
Me gusta tu piel pegada a la mía, tu proximidad,
el peso de tu cuerpo sobre el mío.
Me gusta como detenes el tiempo, como inmovilizas el aire,
tanto a veces, que no alcanza para que respire,
porque el juego de tus dedos
altera mi respiración,
en tanto que tus besos me sostienen.
Me gusta cuando tus dedos dibujan caminos nuevos
aún sabiendo que todos acaban en el mismo lugar.
Me gusta cuando al oído me decís que soy tu juguete preferido
y volves a elegir jugar conmigo.
Me gusta cuando tus dedos entran inquietos como explorador en tierras nuevas
y tú pulgar juega con mi clítoris,
como lo haces dar círculos haciendo que lo que lo desee más y más…
Me gusta el olor de tu piel en especial cuando impregna la mía,
tu lengua que adelanta la conquista, tus reclamos,
tus caprichos y tus deseos.
Me gusta el juego de tus dedos tanto como me gusta tu boca
que susurra y me besa.
Me gusta cuando me transformas en el centro del universo
y todo gira a mí alrededor,
pero me gusta saber que es tu voluntad quien lo maneja a su antojo.
Me gustan cuando arrancas sonidos de mis labios,
porque me transformaste en el instrumento
de tus pasiones.
Me gusta cuando me dibujas,
porque nunca dibujas nada que no sea yo.
Me gusta cuando sencillamente me rindo a tus manos,
a tu boca, a tu piel,
a tu ser.
Me gusta ser para no dejar de ser,
el aliento, el aire y el gemido
que te acompaña y te da placer.

domingo 30 de agosto de 2009

Sofía

Sofía esperaba ansiosa que el reloj de su celular sonase diciendo que eran las 20 hs., significaba que ella podía salir al encuentro de Helena. Llevaba mucho tiempo sin verla, desde aquella noche en su departamento, llego a pensar que no la vería nunca más. Sin embargo, aquella mañana cuando sonó el teléfono y lo atendió sin fijarse quién era, sintió como se le había detenido el corazón ante la sorpresa de escuchar la voz de Helena al otro lado de la línea.
Helena había llegado el fin de semana de un congreso en Costa Rica, viaje que alargó esperando poder descansar en aquel país unos días, esas vacaciones que se prometía y nunca concretaba. El viaje se había transformado en una excusa perfecta para evitar con delicadeza a Sofía, aún no podía creer que ella hubiese tenido sexo con ella.
Se había jurado no volver a verla ni hablar del tema pero después de las corridas de los compromisos laborales no conseguía quitarla de su cabeza. No dejaba de ver su boca o sus inmensos ojos verdes y reprimía todos los impulsos que sentía por llamarla o aunque más no sea enviarle un mail.
Helena era una mujer solitaria, le gustaba su casa, sus libros y su música. Ella tenía toda la compañía que necesitaba, los clásicos que la comprendían siempre en todas sus derivas existencialistas, los autores latinoamericanos que mantenían viva su sangre revolucionaria, los malditos que despertaban sensaciones dormidas. Una larga lista de exploradores, magos, brujos, animales fantásticos y hombres y mujeres atormentados, felices o que desfallecían de amor, enfermedades exóticas o en mares que estaban invariablemente donde el mundo da la vuelta. Todos y cada uno de ellos estaban siempre presentes para ella, para consolarla o alegrarla. No se planteaba, hacía mucho tiempo ya, incluir a otras personas en su vida. No es que no tuviese conocidos o amigos pero la intimidad de sus días era algo que ya no compartía.
Llego a Buenos Aires después de disfrutar de la maravillosa exuberancia del paisaje de Costa Rica, su vegetación, sus playas, hasta el sol se sentía diferente y a pesar de haber disfrutado de cada instante no hubo uno donde no pensase que quizás con Sofía el disfrute hubiese sido diferente, no solo mejor, sino más intenso. Su esbelto cuerpo al sol, su piel dorada a la hoja por el astro, su cabello mojado, empapado en sal del mar. No podía apartar esas imágenes de su cabeza y así llenas de ella volvió con la firme intensión de llamarla.
Recién el domingo antes del mediodía Helena consiguió juntar las fuerzas y marcar el número de Sofía. Del otro lado una voz suave que tan solo dice - hola y ella responde con otro hola ahogado, pero suficiente para que Sofía la presienta y su voz cambie con matices de alegría que llegan hasta la piel de Helena. Cruzan breves palabras y Helena la invita a cenar, Sofía no le oculta la felicidad que siente de oírla, de saber que la verá.
Helena prepara cena, disfruta de cada detalle para la cena, las flores que alegran el departamento, y cocina con una sonrisa en su rostro que no puede ocultar. La piel le brilla por el broceado, el sol la había tratado bien a pesar de lo blanco de su piel. Estaba todo listo, hasta se dejo a mano un regalo que le había comprado a Sofía. Era un collar bellísimo que encontró en una pequeña feria de artesanos de Costa Rica, largo, ideal para su fino cuello, ese que ahora la boca de Helena ansiaba besar.
Con una puntualidad que solo podía ser calificada de inglesa sonó el timbre de la puerta, ni un minuto antes ni uno después del acordado, allí estaba ella con una botella de champagne en entre sus manos.
Helena toco su cabello nerviosa, giro las llaves, se pregunto una vez más que estaba haciendo y abrió la puerta. Tan derecha, tan bella, tan radiante, así se presentaba frente a sus ojos Sofía, llena de juventud sin preguntas, sin reproches, tan solo con una alegría incontenible, llena de una fragancia fresca y floral la misma que quedo en la piel de Helena después del largo abrazo con el que Sofía se consoló y agradeció la invitación.
La casa de Helena era pequeña pero increíble, bibliotecas abarrotadas de libros en todas las paredes, un ventanal que daban a un cuadrado verde con un pequeñísimo estanque contra la medianera donde Helena cuidaba con gran esmero flores de loto y nenúfares. Todo era perfecto a los ojos de Sofía, más de lo que ella había imaginado. Se volvió para mirarla una vez más, - ¿por qué tardaste tanto en llamarme? Te extrañe horrores, le dijo sin vacilaciones o miedos.
Llevaba un vestido verde como sus ojos, sencillo de esos que se anudan detrás del cuello y dejan la piel de la espalda libre a la imaginación de quien la profese. Zapatos bajos, Sofía no necesitaba de tacos. Helena en cambio llevaba unos pantalones negros y una camisa blanca bordada otra de sus adquisiciones en Costa Rica. Llevaba el pelo recogido como siempre. No supo que responderle a Sofía y ella no la reclamo, se acerco a Helena que parecía no poder quedarse quieta arreglando lo que ya estaba perfecto. Ambas se encontraron en la mirada, Sofía alargó su mano y acarició la mejilla de Helena, la rodeo por el cuello y por su talle y la beso con intensidad. Recorrió su cuerpo con sus manos, soltó su cabello, tomo los brazos inertes y temblorosos de Helena e hizo que la rodease con ellos. Basto con sentir la piel de Sofía para que en Helena despierte a la pasión una vez más, acarició su espalda, su cuello, su rostro, la besaba y parecía que nunca se cansaría de hacerlo. Desato el nudo que sostenía el vestido dejando los pequeños pechos de Sofía libres de la tela que los envolvía. Los beso con ternura, los lamió con lujuria, los mordió con perversión. Escucho el quejido ahogado de Sofía pero ninguno de los dos cuerpos se movió, Helena hacía y Sofía la dejaba, se acomodaba a los deseos de las manos de Helena. Allí contra la pared como estaban ambas detenidas, seguían besándose frenéticamente, Helena comenzó a conducirla sin soltarla hasta la cama.
Sobre unas impecables sabanas blancas, Helena termino de quitarle el vestido, contemplo su cuerpo, deseo su cuerpo. Sofía tendió su mano para atraerla a la cama, cambiaron los roles, era ahora ella quien desvestía y devoraba el cuerpo de la otra. Se acomodaron instintivamente cada una en el sexo de la otra, cada una lamía, besaba y mordía el clítoris de la otra, cada una bebía sin detenerse la ambrosía de la otra, ambas gemían de placer, ambas se atrapaban entre sus piernas, entre sus brazos. Una madeja de manos, brazos, piernas, cuerpos, una pasión irrefrenable, el sol que también estaba presente en la piel de Helena, las flores en el perfume de Sofía, todo era embriagador, era otro espacio, era otro tiempo, era el tiempo de ellas.