Un cubo estrecho, barrotes de papel, un hombre en su interior con traje a rayas y un reloj por fuera del cubo.
En el silencio solo su tic-tac.
El tic-tac de su pecho se confunde con el del reloj, se ponen a tono.
El tic-tac de su sien coordina con su pecho y el pecho con el de la pared.
Un tic en su dedo que marca el tic-tac del reloj de la pared por fuera del cubo que acompasa su ritmo con su pecho y con su sien.
Tic-tac hace en su mano el boleto de avión y tic-tac le dice la sobrecargo sin sonrisa que adivina que el hombre que olvido quitarse el traje a rayas quedará preso ahora, entre las filas de asientos. Sus piernas encongidas mientras mira por los agujeros de las hojas que dibujan el avión que lo llevan sobre un mar de papeles azules a la otra orilla.
Tic-tac harán los palillos mientras el traje a rayas aún vistiendo al hombre que dejo el cubo lleva un bocado de red tuna envuelto en papel de arroz.
Tic-tac hace su reloj para recordarle que debe correr a su cita de las 2 p.m., mientras el corazón de la ciudad que lo acoge se agita en su propio tic-tac, sordo al del hombre del traje a rayas que salio del cubo con barrotes de papel.
Tic-.-tac marca en nuevo ritmo sobresaltado la noche del hombre que olvido que su sien sonaba a ritmo de su pecho y del tic de su dedo, envuelto ahora en capa azul en la oscuridad de la noche donde el corazón de la ciudad, el reloj por fuera del cubo, el tic del dedo, su sien y su pecho hacen tic-tac al ritmo que él ordena.
Es que el hombre del cubo salió sin su traje a rayas.
JARDIN ORIENTAL, RELATOS EROTICOS
Un espacio para relajarse mientras las fantasias se hacen relatos. Un espacio para que el erotismo se transforme en parte real de nuestras vidas. Un espacio para contar aquello que siempre callamos pero que vivimos en nuestros más profundos y secretos sueños
viernes 21 de mayo de 2010
martes 26 de enero de 2010
Ulises
Tiene las rodillas y sus brazos sobre la cama, la cola bien parada, sus pechos presos de la gravedad cayendo perfectos para alegrar mi vista. La veo desde el umbral de la habitación, me fascina esa pose de gata desperezándose que adopta, con su cabello ondulando sobre la espala, cayendo por los costados. No cuida los detalles, solo me mira a mí, me provoca con su pose, pone la cabeza de costado como gata curiosa, como preguntándome si falta mucho para que vaya hasta ella, sigo allí, congelado contra el marco de la puerta.
Ella en cambio, se echa, odio que abandone esa postura de gata, con sus brazos tan estirados, las manos una sobre otra, su cola siempre en alto, su cabello, esa vista de sus pechos, de su piel, porqué me hace eso. Pero no digo nada, sé que va a ponerse boca arriba, conozco su ritual para atraerme a la cama, me encanta su ritual para llevarme a ella. Su cabello cayendo por el borde, sus pies apoyados en el colchón, sus manos jugando a volar, su boca ocupada en un tarareo que quizás suene maravilloso en su cabeza pero es incongruente en las ondas del sonido, pero no me importa, no soy Ulises y puedo ser encantado por esta sirena, pero reconozco esos relieves y es Ítaca y estoy en casa entonces, si soy Ulises y al fin puedo arribar a puerto.
Y el puerto me aguarda con su perfume de flores de campo, y no son sirenas, es el canto de Penélope que me trae nuevamente al hogar y soy Ulises y al fin puedo rendirme tan solo para erguirme victorioso porque volví y ella me recibe como su héroe, como su amante, como su hombre, el hombre que se perdió pero solo ansiaba retornar al calor, a las caricias, al tarareo incongruente y desafinado de su boca pero que suena a sirena en mis oídos y con el que me envuelve y me protege del mundo de afuera. Solo yo domino este arco, solo yo consigo tensarlo, solo yo tengo el carcaj que contiene la flecha que puede ser usada en él.
Soy Ulises y mi arco reposa a mi lado y es Penélope y es Ítaca y es puerto y de todas las formas ella consigue que yo este en casa.
Ella en cambio, se echa, odio que abandone esa postura de gata, con sus brazos tan estirados, las manos una sobre otra, su cola siempre en alto, su cabello, esa vista de sus pechos, de su piel, porqué me hace eso. Pero no digo nada, sé que va a ponerse boca arriba, conozco su ritual para atraerme a la cama, me encanta su ritual para llevarme a ella. Su cabello cayendo por el borde, sus pies apoyados en el colchón, sus manos jugando a volar, su boca ocupada en un tarareo que quizás suene maravilloso en su cabeza pero es incongruente en las ondas del sonido, pero no me importa, no soy Ulises y puedo ser encantado por esta sirena, pero reconozco esos relieves y es Ítaca y estoy en casa entonces, si soy Ulises y al fin puedo arribar a puerto.
Y el puerto me aguarda con su perfume de flores de campo, y no son sirenas, es el canto de Penélope que me trae nuevamente al hogar y soy Ulises y al fin puedo rendirme tan solo para erguirme victorioso porque volví y ella me recibe como su héroe, como su amante, como su hombre, el hombre que se perdió pero solo ansiaba retornar al calor, a las caricias, al tarareo incongruente y desafinado de su boca pero que suena a sirena en mis oídos y con el que me envuelve y me protege del mundo de afuera. Solo yo domino este arco, solo yo consigo tensarlo, solo yo tengo el carcaj que contiene la flecha que puede ser usada en él.
Soy Ulises y mi arco reposa a mi lado y es Penélope y es Ítaca y es puerto y de todas las formas ella consigue que yo este en casa.
lunes 18 de enero de 2010
Be Mine
Estaba ahí sentada en el borde de la cama, recién levantada, él había llegado antes de su viaje, despeinada como siempre, el lecho, una maraña de sabanas y almohadas que solo delataban mi búsqueda de su cuerpo, de ese pequeño retazo de tela que conserva su olor. Sueños revueltos, el extrañamiento de su compañía.
Mis ojos se tiñeron de ese celeste tan particular, la sorpresa de su regalo me trajo del letargo y coloreo todo de azul claro o turquesa, la pequeña bolsa que contenía una caja cuadrada con su moño blanco y el nombre de la tienda en color plata. Cuando la abrí había un collar grueso, con un dije, era un corazón candado, del reverso, la T, marca indiscutida de todas las piezas de joyería de Tiffanys, y en el frente dos palabras: Be Mine.
Me quede azorada; aceptarlo, colocármelo y usarlo tenía un único significado, pertenecerle a quien me lo había dado. Era una decisión que tenía que tomar, tenía que pensar y evaluar cuidadosamente todo lo que eso significaba, estar segura de no arrepentirme, de no equivocarme, no apresurarme. Lo giraba entre mis manos, lo miraba, lo pesaba, lo deseaba y lo rechazaba. Él en silencio, esperando, con esa seguridad que me conquista cada día y los ojos fijos en mí.
No sabía que decir, no tenía idea de cómo ganar tiempo para poder pensar, de pronto estaba perdida en mis propias elucubraciones sin prestar atención a mi cuerpo, a sus respuestas, a sus deseos que se manifestaron vivamente, instintivamente si es que cabe tal afirmación.
Mi mente iba en una dirección y mis manos en otra. Sentí el suave clic del broche cuando lo cerré alrededor de mi cuello, sentí el calor de mi mano al palpar el candadito a pesar de que ya no lo veía. Me encontré caminando hacia el espejo para verme con él puesto. Me vi mirándolo a los ojos feliz de aquello, completamente ajena a las cavilaciones que agotaban mi cerebro, sabiendo que con él no era un juego.
Éramos dos, mi cabeza por un lado, mi corazón por otro, sabía que pronto ambas se iban a reconciliar, sabía cómo hacerlo. Me acerque segura de mi papel, pase mis brazos por su cuello, lo bese sin soltarme, sin dejar de sentir el eco de su corazón en mi propio pecho, sin dejar de sentir su calor en mi cuerpo, sin que su aliento abandone mi boca. Me apretuje contra él, deje que me envolviese aún más fuerte con sus brazos, y sin timidez, sin vergüenza, sin ningún sentimiento de niña que pudiese interferir en ese instante le susurre al oído: I'm yours y hundí mi cara en su cuello sin esperar más que saber que él sonreía feliz por mi respuesta y yo por ser.
Mis ojos se tiñeron de ese celeste tan particular, la sorpresa de su regalo me trajo del letargo y coloreo todo de azul claro o turquesa, la pequeña bolsa que contenía una caja cuadrada con su moño blanco y el nombre de la tienda en color plata. Cuando la abrí había un collar grueso, con un dije, era un corazón candado, del reverso, la T, marca indiscutida de todas las piezas de joyería de Tiffanys, y en el frente dos palabras: Be Mine.
Me quede azorada; aceptarlo, colocármelo y usarlo tenía un único significado, pertenecerle a quien me lo había dado. Era una decisión que tenía que tomar, tenía que pensar y evaluar cuidadosamente todo lo que eso significaba, estar segura de no arrepentirme, de no equivocarme, no apresurarme. Lo giraba entre mis manos, lo miraba, lo pesaba, lo deseaba y lo rechazaba. Él en silencio, esperando, con esa seguridad que me conquista cada día y los ojos fijos en mí.
No sabía que decir, no tenía idea de cómo ganar tiempo para poder pensar, de pronto estaba perdida en mis propias elucubraciones sin prestar atención a mi cuerpo, a sus respuestas, a sus deseos que se manifestaron vivamente, instintivamente si es que cabe tal afirmación.
Mi mente iba en una dirección y mis manos en otra. Sentí el suave clic del broche cuando lo cerré alrededor de mi cuello, sentí el calor de mi mano al palpar el candadito a pesar de que ya no lo veía. Me encontré caminando hacia el espejo para verme con él puesto. Me vi mirándolo a los ojos feliz de aquello, completamente ajena a las cavilaciones que agotaban mi cerebro, sabiendo que con él no era un juego.
Éramos dos, mi cabeza por un lado, mi corazón por otro, sabía que pronto ambas se iban a reconciliar, sabía cómo hacerlo. Me acerque segura de mi papel, pase mis brazos por su cuello, lo bese sin soltarme, sin dejar de sentir el eco de su corazón en mi propio pecho, sin dejar de sentir su calor en mi cuerpo, sin que su aliento abandone mi boca. Me apretuje contra él, deje que me envolviese aún más fuerte con sus brazos, y sin timidez, sin vergüenza, sin ningún sentimiento de niña que pudiese interferir en ese instante le susurre al oído: I'm yours y hundí mi cara en su cuello sin esperar más que saber que él sonreía feliz por mi respuesta y yo por ser.
miércoles 6 de enero de 2010
La fusta
Ella se mordió el labio inferior, era una señal inequívoca de que iba por buen camino. Alargue mi mano y tome la fusta de cuero, jamás la había usado sobre su piel, tampoco lo haría ahora, solo dejo que la mire, dejo que se imagine que voy a pegarle, dejo que se retuerza un poco, que luche por soltarse de sus ligaduras. Allí boca arriba como está en la cama, atada tan primariamente, sus manos hacia la cabecera, y sus piernas abiertas en cada extremo, la contemplo desde arriba, me siento más alto, más fuerte, ella más pequeña, igual de delicada, igual de frágil. Me gusta que no se endurezca con el juego, me gusta sentirla temblar, dudar, tomar aire, sorprenderse con mis movimientos, me gusta que espere mis permisos, cómo se queda allí quieta, esperando.
Me ve con la fusta entre mis manos, las ataduras no le permiten arquear la espalda en ese movimiento casi instintivo con el que cree que puede escapar. Sonrío con maldad solo para verla intentarlo una vez más, para ver sus pechos agitados, las pequeñas gotas de sudor que perlan su piel, siento su aroma, veo su excitación, juego a que no me importa.
Acaricio su cuerpo con la punta de la fusta, la deslizo con maestría siguiendo sus curvas, sintiendo lo sinuoso de ellas, cintura, caderas, muslos, vuelvo entre sus piernas, acaricio su sexo, veo su plenitud, su exaltación se apodera de mi fusta y sube por ella a mi mano, a mi brazo, hombro, cabeza, esté en todo mi cuerpo, lo siento entre mis propias piernas, siento su poder sobre mí. No voy a dejarla que lo note, estoy en ventaja y no voy a desaprovecharla. Sus gemidos son más frecuentes, más largos, más intensos, su necesidad de liberarse comienza a desesperarla, pero no hay escapatoria, así será, así lo he decidido.
Paso la fusta justo por encima de su corazón. Deseo verla estremecerse, en cambio la caricia la quema por dentro, veo la hoguera que se formo en su piel, veo como las lenguas de fuego crecen, siento el calor, siento su llamado, como me invitan a quemarme en ellas, sería inmolarme, mi cuerpo ya no resiste no hundirse en ese calor, en ese fuego, no sé si sagrado; fatuo o profano, solo sé que es su fuego y que mi fusta es la tea que lo encendió, mi respiración el oxigeno que lo mantiene y mi cuerpo la leña que lo alimenta.
Tea, leña y llamas. Ella me devora pero yo puedo controlarlo, puedo verla extinguirse, puedo hacer que se consuma, dejo de alimentarla, dejo de verla, dejo de acariciarla, ya no respiro, ya no la veo, ya no estoy allí. Así la dejo, atada tan primariamente, con las manos hacia la cabecera y las piernas abiertas en cada extremo. Me voy y soy leña verde y no estoy hasta que soy leña mojada por la lluvia que cae de mi frente, que corre por mi piel, que inunda mi cuerpo y la tea aún en mi mano. La miro, la estudio, la recuerdo sobre sus muslos, generosos en sus curvas, la imagino en su vientre, su ombligo, sus pechos siempre agitados, su corazón que la delata y su labio inferior, así como cuando se lo muerde, sé que me depara que lo muerda así, sé que va acabar, que el aire la va a abandonar, que sus fuerzas van a flaquear. Otra vez tan frágil, otra vez tan pequeña y mis brazos que están vacios sin ella y la fusta que me quema la mano, el brazo, el hombro, la cabeza, entre las piernas y soy yo quien está en llamas y es ella quien encendió la hoguera.
Vuelvo y allí rendida como la deje, renacida porque no hay cenizas, así se inmola ella, con su sonrisa, con su gemido y soy tan frágil y tan pequeño y el aire me abandona y su piel me acaricia, su boca me devuelve el oxigeno que perdí y su sexo me transforma y soy fuerza y soy energía y estoy pleno porque ella está en mis brazos, en mi piel, en mis manos y me hunde y me rescata, me sofoca y me libera, me pierde y me encuentra, y me deja que sofoque su fuego en el mío, que la extinga, apagándome junto a ella, languidecemos y renacemos y la veo como si no la hubiese visto antes y me mira ahí atada tan primariamente y mi fusta sobre su piel en el sueño eterno de acariciarla nuevamente, justo encima de su corazón.
Me ve con la fusta entre mis manos, las ataduras no le permiten arquear la espalda en ese movimiento casi instintivo con el que cree que puede escapar. Sonrío con maldad solo para verla intentarlo una vez más, para ver sus pechos agitados, las pequeñas gotas de sudor que perlan su piel, siento su aroma, veo su excitación, juego a que no me importa.
Acaricio su cuerpo con la punta de la fusta, la deslizo con maestría siguiendo sus curvas, sintiendo lo sinuoso de ellas, cintura, caderas, muslos, vuelvo entre sus piernas, acaricio su sexo, veo su plenitud, su exaltación se apodera de mi fusta y sube por ella a mi mano, a mi brazo, hombro, cabeza, esté en todo mi cuerpo, lo siento entre mis propias piernas, siento su poder sobre mí. No voy a dejarla que lo note, estoy en ventaja y no voy a desaprovecharla. Sus gemidos son más frecuentes, más largos, más intensos, su necesidad de liberarse comienza a desesperarla, pero no hay escapatoria, así será, así lo he decidido.
Paso la fusta justo por encima de su corazón. Deseo verla estremecerse, en cambio la caricia la quema por dentro, veo la hoguera que se formo en su piel, veo como las lenguas de fuego crecen, siento el calor, siento su llamado, como me invitan a quemarme en ellas, sería inmolarme, mi cuerpo ya no resiste no hundirse en ese calor, en ese fuego, no sé si sagrado; fatuo o profano, solo sé que es su fuego y que mi fusta es la tea que lo encendió, mi respiración el oxigeno que lo mantiene y mi cuerpo la leña que lo alimenta.
Tea, leña y llamas. Ella me devora pero yo puedo controlarlo, puedo verla extinguirse, puedo hacer que se consuma, dejo de alimentarla, dejo de verla, dejo de acariciarla, ya no respiro, ya no la veo, ya no estoy allí. Así la dejo, atada tan primariamente, con las manos hacia la cabecera y las piernas abiertas en cada extremo. Me voy y soy leña verde y no estoy hasta que soy leña mojada por la lluvia que cae de mi frente, que corre por mi piel, que inunda mi cuerpo y la tea aún en mi mano. La miro, la estudio, la recuerdo sobre sus muslos, generosos en sus curvas, la imagino en su vientre, su ombligo, sus pechos siempre agitados, su corazón que la delata y su labio inferior, así como cuando se lo muerde, sé que me depara que lo muerda así, sé que va acabar, que el aire la va a abandonar, que sus fuerzas van a flaquear. Otra vez tan frágil, otra vez tan pequeña y mis brazos que están vacios sin ella y la fusta que me quema la mano, el brazo, el hombro, la cabeza, entre las piernas y soy yo quien está en llamas y es ella quien encendió la hoguera.
Vuelvo y allí rendida como la deje, renacida porque no hay cenizas, así se inmola ella, con su sonrisa, con su gemido y soy tan frágil y tan pequeño y el aire me abandona y su piel me acaricia, su boca me devuelve el oxigeno que perdí y su sexo me transforma y soy fuerza y soy energía y estoy pleno porque ella está en mis brazos, en mi piel, en mis manos y me hunde y me rescata, me sofoca y me libera, me pierde y me encuentra, y me deja que sofoque su fuego en el mío, que la extinga, apagándome junto a ella, languidecemos y renacemos y la veo como si no la hubiese visto antes y me mira ahí atada tan primariamente y mi fusta sobre su piel en el sueño eterno de acariciarla nuevamente, justo encima de su corazón.
martes 22 de diciembre de 2009
La espera
Siempre la espero con ansiedad, con el hambre se saber que llegara sin su ropa interior, tan ansiosa de mis manos, de mi boca, como yo de ella.
Ya casi es la hora, ya debería estar aquí, porque no puedo presentir su piel, su olor, la luz con la que ilumina la estancia cuando llega, porque me hace sufrir con sus demoras, tengo que castigarla, recordarle quien manda y quien obedece.
Menos diez, al fin es la hora, que suene el timbre, que me deje saber que esta acá, lista para mí.
[Timbre, menos diez en punto]
- Hola ¿Llegaste bien?
En cada encuentro pregunto lo mismo mientras ella entra y sabe muy bien lo que me gusta.
- Si muy bien.
Y mientras lo hace va directo al rincón donde deja su ropa. Levanta su vestido y allí está sin ropa debajo, exultante para mí. Ya deseo poseerla pero no voy a mostrarle mis deseos de ella, no todavía.
La muy putita pavonea su hermosa piel, mira de reojo la soga con la que voy a transformarla en mi presa, a usarla, a poseerla, a castigarla tan solo por hacerme desearla.
Allí está, de rodillas, con su frente en el piso aguardando mis órdenes, y
así vas a quedarte, ¿por qué no llegaste antes?
Alargo mi mano, siento el calor de su cuerpo, quema, su respiración ya se agito, cómo es que no se aburre de este juego, cómo no se gasta su pasión como sucedió con las otras, definitivamente hoy voy a castigarla.
La levanto del pelo, sé que le duele. No, voy a sucumbir al hechizo de su boca, allí está lista para recibirme, aquí estoy yo listo para aprovecharme de ella, a mi antojo.
Y la penetro porque así lo deseo, levanto su cabeza con una de mis manos y le muestro como la domino sin cuerda, sin ataduras, solo con mi pija, es cuanto necesito para mostrarle quien es el Amo.
Y veo sus ojos perdidos en lo que ven, pero aún más perdidos en el placer, en las sensaciones de su cuerpo, mi piel siente el fuego que se desprende de la de ella, mis oídos se llenan de sus gemidos, mis ojos se pierden en el horizonte que ella encuentra para llegar hasta allí.
Y soy yo quien provoca esto en ella.
Y soy yo quien la hace gemir.
Y soy yo quien hace que su cuerpo arda sin quemarse, que su boca susurre pidiendo más, buscando aire, aferrándose a mis brazos,
agarrándose al placer que le brindo.
Y soy yo quien hoy te iba a castigar, pero tu orgasmo exploto en sonrisas y gracias, en besos y en pedidos de más.
Y te iba a castigar porque no recuerdo que…, sin embargo prefiero perderme en tu piel, en tu olor, en tu risa y en tu cabello que siempre esta alborotado, que siempre delata que tuviste sexo, en tu cara que refleja esa felicidad que produce el placer verdadero.
Y yo, feliz porque tu boca estalla en sensaciones, en intensidades sin explicación, en placeres que llegan a nuevos límites, pero sobre todo en que solo yo te llevo hasta allí, en que solo yo consigo ese placer de tu ser sin fronteras y por el que me agradeces una y mil veces con esa sonrisa picara y tus cabellos revueltos.
Ya casi es la hora, ya debería estar aquí, porque no puedo presentir su piel, su olor, la luz con la que ilumina la estancia cuando llega, porque me hace sufrir con sus demoras, tengo que castigarla, recordarle quien manda y quien obedece.
Menos diez, al fin es la hora, que suene el timbre, que me deje saber que esta acá, lista para mí.
[Timbre, menos diez en punto]
- Hola ¿Llegaste bien?
En cada encuentro pregunto lo mismo mientras ella entra y sabe muy bien lo que me gusta.
- Si muy bien.
Y mientras lo hace va directo al rincón donde deja su ropa. Levanta su vestido y allí está sin ropa debajo, exultante para mí. Ya deseo poseerla pero no voy a mostrarle mis deseos de ella, no todavía.
La muy putita pavonea su hermosa piel, mira de reojo la soga con la que voy a transformarla en mi presa, a usarla, a poseerla, a castigarla tan solo por hacerme desearla.
Allí está, de rodillas, con su frente en el piso aguardando mis órdenes, y
así vas a quedarte, ¿por qué no llegaste antes?
Alargo mi mano, siento el calor de su cuerpo, quema, su respiración ya se agito, cómo es que no se aburre de este juego, cómo no se gasta su pasión como sucedió con las otras, definitivamente hoy voy a castigarla.
La levanto del pelo, sé que le duele. No, voy a sucumbir al hechizo de su boca, allí está lista para recibirme, aquí estoy yo listo para aprovecharme de ella, a mi antojo.
Y la penetro porque así lo deseo, levanto su cabeza con una de mis manos y le muestro como la domino sin cuerda, sin ataduras, solo con mi pija, es cuanto necesito para mostrarle quien es el Amo.
Y veo sus ojos perdidos en lo que ven, pero aún más perdidos en el placer, en las sensaciones de su cuerpo, mi piel siente el fuego que se desprende de la de ella, mis oídos se llenan de sus gemidos, mis ojos se pierden en el horizonte que ella encuentra para llegar hasta allí.
Y soy yo quien provoca esto en ella.
Y soy yo quien la hace gemir.
Y soy yo quien hace que su cuerpo arda sin quemarse, que su boca susurre pidiendo más, buscando aire, aferrándose a mis brazos,
agarrándose al placer que le brindo.
Y soy yo quien hoy te iba a castigar, pero tu orgasmo exploto en sonrisas y gracias, en besos y en pedidos de más.
Y te iba a castigar porque no recuerdo que…, sin embargo prefiero perderme en tu piel, en tu olor, en tu risa y en tu cabello que siempre esta alborotado, que siempre delata que tuviste sexo, en tu cara que refleja esa felicidad que produce el placer verdadero.
Y yo, feliz porque tu boca estalla en sensaciones, en intensidades sin explicación, en placeres que llegan a nuevos límites, pero sobre todo en que solo yo te llevo hasta allí, en que solo yo consigo ese placer de tu ser sin fronteras y por el que me agradeces una y mil veces con esa sonrisa picara y tus cabellos revueltos.
martes 24 de noviembre de 2009
Casandra (El trompetista III)
Casandra tenía una pelea interna con el peso mitológico de su nombre, no podía dejar de notar la cara que ponía la gente al pronunciarlo. Agradecía ser hija única para no haber sido la mensajera de la destrucción. Claro que nada de esto aparecía en el imaginario de las personas que la conocían, su rostro en realidad era de serenidad porque eso es lo que trasmitían sus ojos, serenidad, quietud y paz.
Su trompetista solo había reparado en su nombre para hacerlo música, esto había sido el cumplido más grande que ella recibiese al respecto, ni original, ni bello, ni sorpresa, inmediatamente lo tarareo, lo hizo música aquella primera noche en que se conocieron luego de su recital de jazz.
Hoy iba a encontrarse con él, miro que todo estuviese perfecto como a él le gusta, uñas, ropa, zapatos, su cabello recogido, todo al mínimo detalle de los caprichos de su músico. Sin embargo, era la primera vez que él rompía con la rutina de los encuentros en su departamento, esto la tenía a inquieta, nerviosa, no entendía el cambio y no le gustaba.
La cito en un café tradicional de Avenida de Mayo, El Tortoni, se sentaron en las mesas de la vereda, era tarde pero el calor de Buenos Aires ya se sentía impiadoso. Él pidió una picada, la clásica, con vermouth para él con cerveza para ella.
-El vermouth es cosa de viejos, le dijo ella envuelta en esa risa de niña que sacaba a veces cuando cometía una picardía. Él la miro serio, atento, casi enojado, y cuando noto que Casandra bajaba la vista arrepentida de sus palabras, levanto su rostro apoyando su mano en su mentón y espero el encuentro de las miradas con una sonrisa franca y divertida.
-Lo pido porque no puedo resistirme a la tentación del sifón, viste que maravilla, siguen haciéndolos solo para ellos. Y allí el mozo con el pedido deposito en la mesa el pequeño artilugio, un recipiente de no más de un cuarto de líquido con su cabeza cromada, cuerpo de vidrio de color y Café Tortoni en letras de fileteado blanco.
El rostro de Casandra se ilumino con el truco de magia que había facilitado el camarero y aquella pieza de colección se transformo en el centro de la charla.
-Te pedí de encontrarnos acá porque tenía muchas ganas de hacer algo diferente.
-Casandra lo miro embelesada, sabía que estaba enamorándose de aquel hombre oscuro que la arrojaba al vacio más aterrador, el de sus propios miedos, al de un placer sin límites, sin puntos de partida ni de llegada, caída libre, vértigo y deseos de más.
Estaba perdida en sus ensoñaciones, en esa otra expresión del amor donde el sexo no forma parte, cuando él sin piedad la volvió a la tierra yerma y reseca para ensuciar sus bellos zapatos, -crees que va a gustarte, repitió.
Casandra no tenía ni idea de lo que le había estado diciendo, solo palabras sueltas se aparecían bailando frente a sus ojos, Gigí, ¿quién es Gigí? ¿Leslie Caron? ¿Gustarme qué? ¿Vamos al cine?
Él noto enseguida que Casandra estaba en otro mundo mientras él le explicaba lo que deseaba, no era la primera vez que sucedía. Él estaba convencido que esa falta de atención en otra mujer hubiese sido motivo de enojo, pero con ella no podía, ya había notado que parte su encanto era su capacidad de soñar otras realidades, de despegarse del efímero presente para construirlo nuevamente a su entero antojo.
-No, dijo con tono dulce, casi ese que pone un padre amoroso cuando le explica algo a su hijita.
-Gigí es una muy buena amiga mía y quiero que la conozcas.
Ese tono complaciente puso en guardia Casandra, solo lo usaba para inducirla a dar un nuevo paso a ese vacío que tanto la atraía. Titubeo, retorció las manos como cuando no sabía que decir, bajo la cabeza y asintió sin pronunciar palabra. Sus ensoñaciones volaron a un mar lejano y sabia que allí se hundirían presas bajo el peso de sus miedos.
-¡Muy bien! exclamo el trompetista, esa es mi chica, llamo al mozo, pago y la tomo de la mano sin ya prestarle mucha atención, tan solo la arrastro unas cuadras hasta la puerta de un edificio Art Deco, uno de los tantos que viste la avenida, toco el timbre del 4º B y apoyando a Casandra contra la puerta la beso hasta que sonó la chicharra que permitía ingresar al edificio.
El trompetista no podía ocultar la excitación que lo embarcaba y Casandra no estaba segura que era lo que se la producía. Quería pensar que era ella, pero no podía soportar descubrir lo contrario.
Allí estaba Gigí, que nada tenía de la exquisitez y finura del personaje de la película, pavoneándose y tocándolo a él, su trompetista, e ignorándola completamente a ella, como si no estuviese en el mismo sitio que ella.
-Está todo dispuesto y tal como lo pediste, le dijo Gigí al músico mientras lo rodeaba con sus brazos por el cuello y lo besaba.
Casandra a punto de explotar de ira sintió el contacto de la mano de él, que la atraía hacia su cuerpo sin soltarse de los brazos de aquella mujer pulpo. La tomo de la mano y con la otra hizo lo mismo con Gigí que ahora si había cambiado su actitud avasallante por una más obediente y silenciosa.
Las dirigió a ambas hacia la habitación, la cama estaba abierta, solo la sabana de abajo, las luces atenuadas con pañuelos de gasas e incrementadas en algunos rincones con velas. Un sillón frente a la cama, más bien hacia un costado, el más oscuro de todo el cuarto y sobre él unas sogas, una mordaza y un collar.
Dejo a Gigí a medio camino entre la cama y el sillón en cuestión y siguió hasta él con Casandra. La beso con mucha ternura, le recorrió el cuerpo con sus manos, bajo por sus muslos y subió arrastrando la tela de su vestido, bajo otra vez con su ropa interior engarzada en sus dedos. Casandra colaboro levantando los pies para que termine de quitársela. La tomo de la cintura y subió con sus manos hasta el escote, lo desabotonó, libero su torso de la tela que lo cubría, acaricio sus hombros y beso sus pechos.
Chasqueó sus dedos como si hubiese un perro en el cuarto pero sin ruido sin protestas sin nada estaba parada junto a ellos Gigí, la Gigí que la embriaguez de Casandra por las manos de su trompetista ya había olvidado. Él, sin embargo, alargo la mano y ella le entrego el collar. Se lo puso a Casandra, la condujo tomándola de los hombros hasta el sillón le ordeno que se levantara la falda del vestido y se sentara. Casandra obedeció sin dejar de relojear a la que ya había declarado era su enemiga. Sin mediar palabras Gigí le entrego al músico la soga primero con la que ato a Casandra al sillón, inmovilizando las manos y las piernas, la mordaza y la cadena que engancho en el collar. La beso en la frente amorosamente y le dijo al oído -solo quiero que mires.
Dicho esto, tomo del brazo a Gigí la acerco a él y la beso, la rodeo con sus fuertes brazos y se alejaron del sillón poniendo rumbo a la cama.
Casandra vio como ese odioso pavo real devenido en pulpo acariciaba, besaba y desvestía a su hombre, a su amor, sentía la furia que la embargaba, que le calentaba la sangre, hacia que le latiesen las sienes, el grito sordo que se ahogaba en su garganta por culpa de la mordaza.
Se retorcía intentando revelarse contra las ligaduras que la tenían prisionera de ese horrible sillón en esa inmunda habitación.
En tanto frente a sus ojos se desarrollaba otra lucha, la de los cuerpos que se buscan hambrientos, las manos que se perdían en abrazos, en caricias, en juegos. Él que la tomaba del cabello y la arrojaba a la cama, Casandra veía con los ojos empañados por las lagrimas y la vista nublada por la ira como el poseía el cuerpo de otra, como le dedicaba sus manos a esa otra piel. Seguía casi con devoción cada caricia que él le daba a Gigí, al dibujo del contorno de ese cuerpo que no dejaba de gemir de placer, de esas piernas que lo envolvían y lo atraían hacia ese otro sexo.
Sentía, Casandra, como se agotaba de forcejear inútilmente, tenía la boca seca de tanto grito sordo, pero seguía llorando, en silencio. Abandono su cuerpo al sillón, dejo que su cabeza busque el apoyo del respaldo y cerró los ojos. ¿Qué hacía allí? Era la pregunta que la atormentaba cada vez que estaba con su trompetista, porque volvía y así se fue perdiendo en la oscuridad húmeda de sus ojos, en la cadencia de los gemidos y las ordenes que provenían de la cama, que ahora estaba como a un océano de distancia.
El músico se percato de su silencio y no le gusto. No era eso lo que esperaba, lo excitaba la lucha de ella con sus ligaduras, saberla enojada, casi iracunda, saber que era él quien tenía el poder de consolarla.
-¿Te gusta muñequita? Dijo mirando al sillón pero no hubo respuesta, el cuerpo de Casandra no reacciono a la voz de su Amo.
-Señorita, le estoy preguntando a usted si está disfrutando de las vistas?, uso ese tono agreste entre caribeño y porteño que tenía para increparla a que retorne a la habitación. Sabía que Casandra bien podría haber construido un mundo imaginario y estar allí recluida hasta que él la rescatase.
Se tomo su tiempo con Gigí haciéndola gemir, susurrándole obscenidades, lamiéndole la piel, escuchándola acabar a su antojo. Cuando se aburrió de aquel cuerpo prendió un cigarrillo y le pidió algo fresco de beber a su anfitriona mientras clavaba la vista en Casandra, allí tan quieta, la oscuridad donde estaba sumergida le impedía ver hasta el tenue movimiento de su cuerpo al respirar. Estaba desesperado por ir allí junto a ella, tomarla con delicadeza, besarla y decirle que todo estaba bien, que no iba a repetirse aquello. En cambio se quedo allí con el cigarrillo en una mano y el vaso en la otra, y ella seguía allí, inerte. Ahogo el cigarrillo en el liquido que quedaba y se acerco a Casandra, se sentía el príncipe Valiente que despierta a la Bella durmiente de su letargo de hechizo, pero se encontró con una Casandra con la cara mojada de tantas lágrimas, que seguía llorando en silencio, una catarata de lágrimas rodaba por sus mejillas, el desconsuelo se dibujaba en su cara, el miedo en lo contraído de su cuerpo.
El trompetista comprendió que no se había ido a ninguno de sus mundos, que allí se había quedado con él, a su manera, rendida a un dolor diferente del que le producía con su mano, un dolor más hondo, lleno de angustia y desesperación, un dolor sin tiempo. No había medido las consecuencias pero allí estaban, allí estaba el objeto de sus deseos necesitada de él, de su príncipe para consolarla.
Alargo su mano y rozo apenas la mejilla de Casandra, tan húmeda, la otra mano casi instintivamente la coloco entre sus piernas, por un instante se dijo no es el momento, pero lo que allí encontró no lo hizo dudar, Casandra estaba sentada en el lago de su gozo, de la manifestación misma del clímax de su placer, entonces esta vez sí comprendió el trompetista que las lágrimas de Casandra no eran por él y esa otra piel sino la culpa de haber gozado con aquello con lo que se había negado, con lo que le parecía imposible que pudiese suceder y sin embargo allí estaba en aquel edificio Art Deco con su bello trompetista, atada a un sillón en lo más oscuro y profundo de su propio ser, de lo más cerrado y negado a sí misma, su placer.
Su trompetista solo había reparado en su nombre para hacerlo música, esto había sido el cumplido más grande que ella recibiese al respecto, ni original, ni bello, ni sorpresa, inmediatamente lo tarareo, lo hizo música aquella primera noche en que se conocieron luego de su recital de jazz.
Hoy iba a encontrarse con él, miro que todo estuviese perfecto como a él le gusta, uñas, ropa, zapatos, su cabello recogido, todo al mínimo detalle de los caprichos de su músico. Sin embargo, era la primera vez que él rompía con la rutina de los encuentros en su departamento, esto la tenía a inquieta, nerviosa, no entendía el cambio y no le gustaba.
La cito en un café tradicional de Avenida de Mayo, El Tortoni, se sentaron en las mesas de la vereda, era tarde pero el calor de Buenos Aires ya se sentía impiadoso. Él pidió una picada, la clásica, con vermouth para él con cerveza para ella.
-El vermouth es cosa de viejos, le dijo ella envuelta en esa risa de niña que sacaba a veces cuando cometía una picardía. Él la miro serio, atento, casi enojado, y cuando noto que Casandra bajaba la vista arrepentida de sus palabras, levanto su rostro apoyando su mano en su mentón y espero el encuentro de las miradas con una sonrisa franca y divertida.
-Lo pido porque no puedo resistirme a la tentación del sifón, viste que maravilla, siguen haciéndolos solo para ellos. Y allí el mozo con el pedido deposito en la mesa el pequeño artilugio, un recipiente de no más de un cuarto de líquido con su cabeza cromada, cuerpo de vidrio de color y Café Tortoni en letras de fileteado blanco.
El rostro de Casandra se ilumino con el truco de magia que había facilitado el camarero y aquella pieza de colección se transformo en el centro de la charla.
-Te pedí de encontrarnos acá porque tenía muchas ganas de hacer algo diferente.
-Casandra lo miro embelesada, sabía que estaba enamorándose de aquel hombre oscuro que la arrojaba al vacio más aterrador, el de sus propios miedos, al de un placer sin límites, sin puntos de partida ni de llegada, caída libre, vértigo y deseos de más.
Estaba perdida en sus ensoñaciones, en esa otra expresión del amor donde el sexo no forma parte, cuando él sin piedad la volvió a la tierra yerma y reseca para ensuciar sus bellos zapatos, -crees que va a gustarte, repitió.
Casandra no tenía ni idea de lo que le había estado diciendo, solo palabras sueltas se aparecían bailando frente a sus ojos, Gigí, ¿quién es Gigí? ¿Leslie Caron? ¿Gustarme qué? ¿Vamos al cine?
Él noto enseguida que Casandra estaba en otro mundo mientras él le explicaba lo que deseaba, no era la primera vez que sucedía. Él estaba convencido que esa falta de atención en otra mujer hubiese sido motivo de enojo, pero con ella no podía, ya había notado que parte su encanto era su capacidad de soñar otras realidades, de despegarse del efímero presente para construirlo nuevamente a su entero antojo.
-No, dijo con tono dulce, casi ese que pone un padre amoroso cuando le explica algo a su hijita.
-Gigí es una muy buena amiga mía y quiero que la conozcas.
Ese tono complaciente puso en guardia Casandra, solo lo usaba para inducirla a dar un nuevo paso a ese vacío que tanto la atraía. Titubeo, retorció las manos como cuando no sabía que decir, bajo la cabeza y asintió sin pronunciar palabra. Sus ensoñaciones volaron a un mar lejano y sabia que allí se hundirían presas bajo el peso de sus miedos.
-¡Muy bien! exclamo el trompetista, esa es mi chica, llamo al mozo, pago y la tomo de la mano sin ya prestarle mucha atención, tan solo la arrastro unas cuadras hasta la puerta de un edificio Art Deco, uno de los tantos que viste la avenida, toco el timbre del 4º B y apoyando a Casandra contra la puerta la beso hasta que sonó la chicharra que permitía ingresar al edificio.
El trompetista no podía ocultar la excitación que lo embarcaba y Casandra no estaba segura que era lo que se la producía. Quería pensar que era ella, pero no podía soportar descubrir lo contrario.
Allí estaba Gigí, que nada tenía de la exquisitez y finura del personaje de la película, pavoneándose y tocándolo a él, su trompetista, e ignorándola completamente a ella, como si no estuviese en el mismo sitio que ella.
-Está todo dispuesto y tal como lo pediste, le dijo Gigí al músico mientras lo rodeaba con sus brazos por el cuello y lo besaba.
Casandra a punto de explotar de ira sintió el contacto de la mano de él, que la atraía hacia su cuerpo sin soltarse de los brazos de aquella mujer pulpo. La tomo de la mano y con la otra hizo lo mismo con Gigí que ahora si había cambiado su actitud avasallante por una más obediente y silenciosa.
Las dirigió a ambas hacia la habitación, la cama estaba abierta, solo la sabana de abajo, las luces atenuadas con pañuelos de gasas e incrementadas en algunos rincones con velas. Un sillón frente a la cama, más bien hacia un costado, el más oscuro de todo el cuarto y sobre él unas sogas, una mordaza y un collar.
Dejo a Gigí a medio camino entre la cama y el sillón en cuestión y siguió hasta él con Casandra. La beso con mucha ternura, le recorrió el cuerpo con sus manos, bajo por sus muslos y subió arrastrando la tela de su vestido, bajo otra vez con su ropa interior engarzada en sus dedos. Casandra colaboro levantando los pies para que termine de quitársela. La tomo de la cintura y subió con sus manos hasta el escote, lo desabotonó, libero su torso de la tela que lo cubría, acaricio sus hombros y beso sus pechos.
Chasqueó sus dedos como si hubiese un perro en el cuarto pero sin ruido sin protestas sin nada estaba parada junto a ellos Gigí, la Gigí que la embriaguez de Casandra por las manos de su trompetista ya había olvidado. Él, sin embargo, alargo la mano y ella le entrego el collar. Se lo puso a Casandra, la condujo tomándola de los hombros hasta el sillón le ordeno que se levantara la falda del vestido y se sentara. Casandra obedeció sin dejar de relojear a la que ya había declarado era su enemiga. Sin mediar palabras Gigí le entrego al músico la soga primero con la que ato a Casandra al sillón, inmovilizando las manos y las piernas, la mordaza y la cadena que engancho en el collar. La beso en la frente amorosamente y le dijo al oído -solo quiero que mires.
Dicho esto, tomo del brazo a Gigí la acerco a él y la beso, la rodeo con sus fuertes brazos y se alejaron del sillón poniendo rumbo a la cama.
Casandra vio como ese odioso pavo real devenido en pulpo acariciaba, besaba y desvestía a su hombre, a su amor, sentía la furia que la embargaba, que le calentaba la sangre, hacia que le latiesen las sienes, el grito sordo que se ahogaba en su garganta por culpa de la mordaza.
Se retorcía intentando revelarse contra las ligaduras que la tenían prisionera de ese horrible sillón en esa inmunda habitación.
En tanto frente a sus ojos se desarrollaba otra lucha, la de los cuerpos que se buscan hambrientos, las manos que se perdían en abrazos, en caricias, en juegos. Él que la tomaba del cabello y la arrojaba a la cama, Casandra veía con los ojos empañados por las lagrimas y la vista nublada por la ira como el poseía el cuerpo de otra, como le dedicaba sus manos a esa otra piel. Seguía casi con devoción cada caricia que él le daba a Gigí, al dibujo del contorno de ese cuerpo que no dejaba de gemir de placer, de esas piernas que lo envolvían y lo atraían hacia ese otro sexo.
Sentía, Casandra, como se agotaba de forcejear inútilmente, tenía la boca seca de tanto grito sordo, pero seguía llorando, en silencio. Abandono su cuerpo al sillón, dejo que su cabeza busque el apoyo del respaldo y cerró los ojos. ¿Qué hacía allí? Era la pregunta que la atormentaba cada vez que estaba con su trompetista, porque volvía y así se fue perdiendo en la oscuridad húmeda de sus ojos, en la cadencia de los gemidos y las ordenes que provenían de la cama, que ahora estaba como a un océano de distancia.
El músico se percato de su silencio y no le gusto. No era eso lo que esperaba, lo excitaba la lucha de ella con sus ligaduras, saberla enojada, casi iracunda, saber que era él quien tenía el poder de consolarla.
-¿Te gusta muñequita? Dijo mirando al sillón pero no hubo respuesta, el cuerpo de Casandra no reacciono a la voz de su Amo.
-Señorita, le estoy preguntando a usted si está disfrutando de las vistas?, uso ese tono agreste entre caribeño y porteño que tenía para increparla a que retorne a la habitación. Sabía que Casandra bien podría haber construido un mundo imaginario y estar allí recluida hasta que él la rescatase.
Se tomo su tiempo con Gigí haciéndola gemir, susurrándole obscenidades, lamiéndole la piel, escuchándola acabar a su antojo. Cuando se aburrió de aquel cuerpo prendió un cigarrillo y le pidió algo fresco de beber a su anfitriona mientras clavaba la vista en Casandra, allí tan quieta, la oscuridad donde estaba sumergida le impedía ver hasta el tenue movimiento de su cuerpo al respirar. Estaba desesperado por ir allí junto a ella, tomarla con delicadeza, besarla y decirle que todo estaba bien, que no iba a repetirse aquello. En cambio se quedo allí con el cigarrillo en una mano y el vaso en la otra, y ella seguía allí, inerte. Ahogo el cigarrillo en el liquido que quedaba y se acerco a Casandra, se sentía el príncipe Valiente que despierta a la Bella durmiente de su letargo de hechizo, pero se encontró con una Casandra con la cara mojada de tantas lágrimas, que seguía llorando en silencio, una catarata de lágrimas rodaba por sus mejillas, el desconsuelo se dibujaba en su cara, el miedo en lo contraído de su cuerpo.
El trompetista comprendió que no se había ido a ninguno de sus mundos, que allí se había quedado con él, a su manera, rendida a un dolor diferente del que le producía con su mano, un dolor más hondo, lleno de angustia y desesperación, un dolor sin tiempo. No había medido las consecuencias pero allí estaban, allí estaba el objeto de sus deseos necesitada de él, de su príncipe para consolarla.
Alargo su mano y rozo apenas la mejilla de Casandra, tan húmeda, la otra mano casi instintivamente la coloco entre sus piernas, por un instante se dijo no es el momento, pero lo que allí encontró no lo hizo dudar, Casandra estaba sentada en el lago de su gozo, de la manifestación misma del clímax de su placer, entonces esta vez sí comprendió el trompetista que las lágrimas de Casandra no eran por él y esa otra piel sino la culpa de haber gozado con aquello con lo que se había negado, con lo que le parecía imposible que pudiese suceder y sin embargo allí estaba en aquel edificio Art Deco con su bello trompetista, atada a un sillón en lo más oscuro y profundo de su propio ser, de lo más cerrado y negado a sí misma, su placer.
domingo 1 de noviembre de 2009
Nuestros pecados
Lujuria
Lujuria es la que siente mi piel por la tuya, tu boca por la mía; el tiempo por la cercanía de nuestro encuentro; el espacio, por la proximidad de nuestros cuerpos; el aire, por saber que lo agitaremos en nuestra respiración.
Lujuria es la que siente mi cabello por tus manos; la cama por ser el lugar de nuestros escarceos; el deseo, por la agonía al que lo sometemos.
Lujuria es la que siente mi sexo por el tuyo, el tuyo por el mío, entonces somos la lujuria del mundo y el mundo es nuestra lujuria, sin barreras, sin límites, sin pasado y sin futuro, solo vos y yo.
Gula
Tu boca siempre está ansiosa por la mía, siempre quiere más, hambrienta, viciosa, insaciable. Te esquivo, te mezquino, solo para hacerte enojar, te la entrego dócil, la abro y vos la usas y es mi boca que dejo de ser mía para ser tuya. Y la avasallas con tu lengua, con tus dedos, con tu sexo, la silencias o la haces explotar en gemidos sordos, en palabras que debe repetir, en gracias y en por favores, en risas y en quejidos, en no prohibidos pero que se escapan y que tu gula de ella, acalla.
Avaricia
¿Cómo? preguntas con cada no que se dibuja en mi cara, se escapa de mi boca o que mi cuerpo plasma con su postura. Me retuerzo, suplico pero no te importa, tus deseos son avaros con los míos, -no me importa si no te gusta, respondes.
-Si te gusta mejor, y el segundo que te lleva decir la sentencia es el tiempo que me das para que comience a ejecutar tu orden o atenerme a las consecuencias.
Veo en tu mirada el placer de mi debate interno, en mi rendición al egoísmo de tu dominio, de tus deseos y la avaricia de mi sumisión al placer de tu mirada sobre mi cuerpo.
Pereza
En la base de mi cuello, justo donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, se forma un pequeño triángulo. Es un punto de partida, un punto hipnótico desde donde comienza el recorrido de tu mano. Tú mano que toma mi cuello y baja lentamente y tu dedo se cae en ese rincón y tu yema lo acaricia, lo recorre lento. Baja por mi piel, me recorre pero ese dedo, acaricia el surco entre mis pechos, y yo lo sigo con la mirada, y tu mano baja y juguetea y tu boca me besa.
Allí estoy a tu merced hasta que me arrancas un ronroneo y me decís que soy tu gatita y tu mano repite el ritual y toma mi cuello y tu dedo cae en el rincón, ese que se hace donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, y sigo con mis ojos como se desplaza hacia abajo, como siempre queda el mismo dedo entre mis pechos y tu mano baja y baja y juguetea y me da pereza moverme, solo mirar, desear, esperar ese momento en que tu mano va a volver a mi cuello y tu dedo recorrerá ese camino que conoce en profundidad y vos me haces ronronear y me repetís una vez más lo divinas que son mis tetas.
Ira
Saña es siempre la palabra que elegís para enardecer los momentos previos a nuestros encuentros. ¿Por qué con saña? Te interrogo asustada, siempre creyente de que la ira se apodere de vos.
Porque si, es tu respuesta simple y contundente.
Y mi miedo que se evapora en la dulzura de tus caricias y la saña queda en un eco apagado de palabras que ahuyentas con el contacto de nuestros cuerpos en ese abrazo eterno en el que me sumergís en la protección de tus brazos, en el calor de tu piel, en el arrullo de tu voz.
Envidia
Veo el brillo en tus ojos, tu sonrisa satisfecha con cada si que articulo, solo son frágiles murmullos que salen de mi boca, consiento el pedido, hago tu placer, pero esa rebeldía que hay en mí te cuestiona, no te importa, siento la desazón de mi propio placer truncado. Tu respuesta a mi reclamos -aprenderás a disfrutar de lo que se te da, cuando se te da y como se te da.
Soberbia
Qué creas que soy tuya, qué yo crea que no lo soy.
Lujuria es la que siente mi piel por la tuya, tu boca por la mía; el tiempo por la cercanía de nuestro encuentro; el espacio, por la proximidad de nuestros cuerpos; el aire, por saber que lo agitaremos en nuestra respiración.
Lujuria es la que siente mi cabello por tus manos; la cama por ser el lugar de nuestros escarceos; el deseo, por la agonía al que lo sometemos.
Lujuria es la que siente mi sexo por el tuyo, el tuyo por el mío, entonces somos la lujuria del mundo y el mundo es nuestra lujuria, sin barreras, sin límites, sin pasado y sin futuro, solo vos y yo.
Gula
Tu boca siempre está ansiosa por la mía, siempre quiere más, hambrienta, viciosa, insaciable. Te esquivo, te mezquino, solo para hacerte enojar, te la entrego dócil, la abro y vos la usas y es mi boca que dejo de ser mía para ser tuya. Y la avasallas con tu lengua, con tus dedos, con tu sexo, la silencias o la haces explotar en gemidos sordos, en palabras que debe repetir, en gracias y en por favores, en risas y en quejidos, en no prohibidos pero que se escapan y que tu gula de ella, acalla.
Avaricia
¿Cómo? preguntas con cada no que se dibuja en mi cara, se escapa de mi boca o que mi cuerpo plasma con su postura. Me retuerzo, suplico pero no te importa, tus deseos son avaros con los míos, -no me importa si no te gusta, respondes.
-Si te gusta mejor, y el segundo que te lleva decir la sentencia es el tiempo que me das para que comience a ejecutar tu orden o atenerme a las consecuencias.
Veo en tu mirada el placer de mi debate interno, en mi rendición al egoísmo de tu dominio, de tus deseos y la avaricia de mi sumisión al placer de tu mirada sobre mi cuerpo.
Pereza
En la base de mi cuello, justo donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, se forma un pequeño triángulo. Es un punto de partida, un punto hipnótico desde donde comienza el recorrido de tu mano. Tú mano que toma mi cuello y baja lentamente y tu dedo se cae en ese rincón y tu yema lo acaricia, lo recorre lento. Baja por mi piel, me recorre pero ese dedo, acaricia el surco entre mis pechos, y yo lo sigo con la mirada, y tu mano baja y juguetea y tu boca me besa.
Allí estoy a tu merced hasta que me arrancas un ronroneo y me decís que soy tu gatita y tu mano repite el ritual y toma mi cuello y tu dedo cae en el rincón, ese que se hace donde los huesos de la clavícula se juntan pero no se unen, y sigo con mis ojos como se desplaza hacia abajo, como siempre queda el mismo dedo entre mis pechos y tu mano baja y baja y juguetea y me da pereza moverme, solo mirar, desear, esperar ese momento en que tu mano va a volver a mi cuello y tu dedo recorrerá ese camino que conoce en profundidad y vos me haces ronronear y me repetís una vez más lo divinas que son mis tetas.
Ira
Saña es siempre la palabra que elegís para enardecer los momentos previos a nuestros encuentros. ¿Por qué con saña? Te interrogo asustada, siempre creyente de que la ira se apodere de vos.
Porque si, es tu respuesta simple y contundente.
Y mi miedo que se evapora en la dulzura de tus caricias y la saña queda en un eco apagado de palabras que ahuyentas con el contacto de nuestros cuerpos en ese abrazo eterno en el que me sumergís en la protección de tus brazos, en el calor de tu piel, en el arrullo de tu voz.
Envidia
Veo el brillo en tus ojos, tu sonrisa satisfecha con cada si que articulo, solo son frágiles murmullos que salen de mi boca, consiento el pedido, hago tu placer, pero esa rebeldía que hay en mí te cuestiona, no te importa, siento la desazón de mi propio placer truncado. Tu respuesta a mi reclamos -aprenderás a disfrutar de lo que se te da, cuando se te da y como se te da.
Soberbia
Qué creas que soy tuya, qué yo crea que no lo soy.
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